Sobre píldoras y sofismas


De acuerdo a las últimas encuestas, unos siete de cada diez chilenos serían partidarios del asesinato legal –y financiado por el Estado- de niños por medio de la bomba química denominada Levonorgestrel, basándose en el argumento de que las mujeres tendrían el “derecho a decidir” sobre su sexualidad, y sin reparar que esa libertad de elección termina donde empieza la de la nueva criatura –el propio hijo-, en este caso, el único inocente en el cuento. Argumentan algunos que un pequeño grupo de células no es un ser humano, sin reparar tampoco que todos nosotros fuimos alguna vez “un pequeño grupo de células”. La lógica indica que si nuestras respectivas madres hubieran ingerido la droga de marras, ni yo estaría escribiendo esto ni ustedes leyéndolo.
Estamos ciertamente en presencia de cuatro sofismas, algunos bien elaborados y otros no tanto. Veamos:
La libertad para decidir: Dicha libertad obviamente existe, y sin píldora. La tiene la pareja al consentir o no una relación sexual, y en el caso que ésta sea sin el consentimiento de la mujer, de todos modos ella puede dar, de resultar embarazada, la criatura en adopción. Cualquier persona capaz de tener relaciones sabe de antemano que una consecuencia probable es el embarazo.
La inequidad de la prohibición: Ridículo. No veo por qué el Estado tendría la obligación o la responsabilidad de entregar gratuitamente la droga a quienes no puedan pagarla, siendo que no se entregan ni aspirinas ni remedios para el cáncer, pasando por toda la gama de medicamentos incluidos en las patologías del GES (Auge), los que son financiados por un seguro que cada cotizante paga mensualmente, ya sea al Fonasa o a las Isapres, en el caso de estos últimos, o derechamente del propio bolsillo. Tampoco tenemos por qué, el grueso de los chilenos, pagar los arrebatos hormonales de nadie, por paupérrimos que sean los copulantes. Con ese criterio, tendríamos los contribuyentes que pagar los tratamientos para la infestación por pediculosis púbica, la sífilis, la gonorrea o el sida, ya que de no hacerlo, estaríamos conculcando la posibilidad o el derecho que tendría la población para mantener relaciones con una persona infectada.
La falta de certeza del carácter abortivo de la pastilla: Cualquiera con más de un dedo de frente podrá apreciar que dicha falta de certeza es equivalente a su contraparte: la falta de certeza de su carácter no abortivo. Y por esas casualidades de la vida –y vuelvo a poner el mismo ejemplo-, en Chile, hasta para autorizar la distribución y venta de ácido acetilsalicílico, se exige legalmente demostrar que su consumo no presenta ningún riesgo, mortal o no. No veo por qué, una pastilla cuyo consumo puede traer como consecuencia la muerte va a ser la excepción. Además, los fabricantes de la droga advierten en sus presentaciones que unos de los efectos de su ingestión puede ser el aborto, asunto que se omite deliberadamente acá en Chile.
Una mayoría estaría por aprobar su distribución gratuita: En Chile existen una serie de organismos definidos por la Constitución Política del Estado, que dicho sea de paso, lleva la firma de quien afirma arrogantemente que las instituciones funcionan. Uno de ellos, el Tribunal Constitucional, cuyos miembros han sido designados por los mismos que pretenden desconocer el fallo, determinó que la pastilla no se podía distribuir en el sistema público. Por algo existe además un Congreso bicameral cuyos miembros pueden recurrir a aquél en la forma prescrita por las leyes. No se legisla ni se gobierna en base a encuestas de opinión o número o decibeles de turbas vociferantes. No está demás recordar, que fue una asamblea democrática la que liberó a un asesino y condenó a Jesucristo, lo que, independientemente de nuestras ideas religiosas, habla muy mal de las decisiones tomadas por el pueblo. El bien y el mal son inmutables, y no, por ejemplo, porque una mayoría circunstancial determine que la pederastia es buena vamos a tener que autorizarla legalmente.
Termino estas líneas alegrándome por el fallo, aparte de toda consideración de tipo moral o ético, por una de carácter práctico: la parada de carro que se le hizo al Gobierno dejó muy en claro que en Chile no se puede actuar a lo Stalin, Mao, Pol Pot o Castro, por mucho que dichos personajes cuenten con la simpatía de la Presidente y sus cercanos. Si tanto se han llenado la boca con que los fallos se cumplen, pues cumplan éste y agachen el moño. Y dense cuenta que matar niños no es signo de ser un país avanzado y desarrollado, sino todo lo contrario. Por mucho que en el planeta seamos sólo tres o cuatro naciones las que aún no lo hacemos.
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