¿Estás contento ahora, Ricardito?

Te llamo así porque así le gustaba decirte a tu madre, mi amiga Carmencita.
Dios ha querido llevársela a su lado, cosa que por un lado me alegra, ya que ella dejó por fin de sufrir, y por otro me entristece, ya que nunca más podré disfrutar de su amable y dulce compañía.
Te puedo contar, Ricardito, que mis padres, al igual que los tuyos, se separaron hace más de treinta años. Mi madre, al igual que la tuya, no se volvió a casar. Mi padre, en cambio, al igual que el tuyo también, contrajo matrimonio civil por segunda vez. Y al igual que tú, también le tengo gran cariño a su nueva compañera. Pero, a diferencia tuya, a la señora de mi papá la quiero porque lo hace feliz a él y porque nos quiere a nosotros con mis hermanos, no porque sea mi nueva madre, como tú lo afirmaste muchas veces por la prensa. A diferencia tuya, a mi madre ninguno de nosotros, mis hermanos o yo, la ha dejado de ver, de cuidar o de darle la alegría de poder disfrutar de sus nietos. Nunca le hemos dejado de contestar el teléfono cuando ella ha querido hablarnos, y tampoco hemos ventilado sus problemas de salud en algún cuerpo de reportajes de día Domingo. Menos aún, hemos dicho públicamente de ella que es loca o alcohólica, ya que al igual que la tuya, no lo es.
¿Estás contento ahora, Ricardito?
¿Estás contento, Ricardito, porque tuviste a tu madre abandonada por más de treinta años, con mayor razón, si tal como tú dices, ella era una persona enferma?
¿Estás contento, Ricardito, de haber –junto a tu padre- usado tus buenos oficios para negarle el derecho a réplica cada vez que ella quiso defenderse de tus ataques y calumnias que vomitabas por la prensa?
¿Estás contento, Ricardito, porque cuando la internaste sin orden judicial en un psiquiátrico a principios de este año – o del anterior también- no dejaste que ninguno de sus amigos pudiera visitarla?
¿Estás contento, Ricardito, porque los bomberos nunca pudieron hacer el informe del incendio de su casa, sino otros organismos, de carácter eminentemente político?
¿Estás contento, Ricardito, por haber hecho lo imposible por mantenerla incomunicada mientras estuvo en la Clínica Reñaca sanándose de las heridas leves que le produjo el incendio –dudosamente fortuito- que destruyó su casa, esa misma casa en la cual estoy seguro que Carmencita no vivía, y a consecuencia de cuyas quemaduras no murió, como dice el comunicado que tú enviaste a los medios y otras versiones que tú no has desmentido?
¿Estás contento, Ricardito, porque ahora Su Santidad el Papa podrá recibir a tu padre con tu nueva madre, Luisa, sin violar el protocolo del Vaticano?
Yo estoy contento, Ricardito, ya que nunca más sufriré la pena de tener que escuchar los lamentos y el dolor de una madre que adoraba a su hijo, el que sin embargo le decía “Mamá” a otra persona.
Yo estoy contento, Ricardito, ya que nunca más sufriré la pena de ver a una persona que estaba tremendamente sola, que veía en nosotros, sus amigos, la compañía que sus hijos no le daban, por haberla abandonado.
Pero no puedo estar contento por ti, Ricardito. Perdiste a tu madre, no se lo doy a nadie. Y tú, que te llenas la boca hablando del sufrimiento de aquellos que padecieron a manos de quienes nunca abandonaron a sus propias madres, mataste a la tuya propia. Sí, Ricardito, por lo menos la mataste de pena, la mataste en vida. Y aunque tu soberbia, heredada de tu padre, te impida darte cuenta que el castigo que te espera ni se compara con todo lo que hiciste sufrir a Carmencita, ten por seguro que Dios, ese Dios en el que tú no crees, te pedirá cuentas.
Y finalmente, estoy cierto que ahora estás contento porque ya obtuviste una cosa de Carmencita: su silencio. Por fin tú y tu padre podrán respirar tranquilos. Dios se apiade de ti, Ricardito.
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