¿Quieres darme tú la mano?

Hoy, más de seiscientos están tras las rejas o en camino de estarlo. Y hoy se sumaron trece a la lista. Trece distinguidos marinos que fueron procesados y encarcelados por que la Armada de Chile, sí, la Armada de Chile, tiene secuestrado en sus unidades a un sacerdote guerrillero que fue detenido por ocultar armas y por tratar de dinamitar un puente ferroviario a la hora en que debía circular un tren con seiscientos niños de edad escolar.
De Ripley. Porque resulta que el sacerdote de marras está muerto. Tan muerto está, que los canales de televisión y los diarios de gobierno así lo manifiestan. Tan muerto está, que sus correligionarios así lo manifiestan. Tan muerto está, que su hermana le lleva flores al cementerio –al menos así lo mostró hoy TVN en el noticiario de la tarde. Tan muerto está, que así lo ha reconocido la parte acusadora de la causa en alegatos ante la Corte de Apelaciones que he tenido la oportunidad de presenciar. Y tan muerto está, que el Comandante en Jefe de la Armada no se traga el cuento y no ordena a sus subalternos que lo “hagan aparecer” para así liberar de culpas a sus antiguos superiores o subalternos que hoy deben pagar cárcel.
Pero claro, es más fácil hacerse el idiota y mirar para el lado, total, ¡metan presos a los viejos, así nos convertiremos en un país “reconciliado”!
Y no sólo eso; para “reconciliarnos” aún más, démosle todas las facilidades a un par de cineastas comunachos para que filmen en recintos navales y ocupen de extras a personal naval en servicio activo para que así podamos seguir “reconciliándonos”… Lógico, así los chilenos sabremos la verdad y habrá “reconciliación”…
El problema es que esa “reconciliación” no es más que un par de sonrisitas para las cámaras con que se autocomplacen los políticos de izquierda con los altos mandos… “Tu te quedas callado y yo te doy un puesto cuando salgas a retiro…”. “Tú te quedas callado y yo le digo a mis amigos, los jueces, que no te toquen…”.
Francamente me da vergüenza. Me da vergüenza porque soy hijo de Marino y nieto de Carabinero y sé que mi padre y mi abuelo no hubieran dudado ni un instante y hubiesen actuado de otra forma –como de hecho en su oportunidad lo hicieron.
Del resto de quienes tienen algún poder, ni hablar. Tan sólo he escuchado palabras –no he presenciado acciones- de un Senador y un par de Diputados protestando por la lamentable situación por la que atraviesan nuestros uniformados. ¡Y vaya que tienen harto que agradecerles los políticos! ¿Cuántos de ellos estarían en la comodidad de sus cargos o podrían disfrutar de la seguridad que hoy tienen sus familias y sus empresas de no mediar la acción de quienes hoy pagan culpas ajenas? Me atrevo a asegurar que ninguno.
No sé cuándo va a terminar esto. En lo personal, no creo que ninguno de los procesados o condenados tenga vida suficiente para poder disfrutar con la tranquilidad que bien merecida se tienen de sus nietos, de vivir en paz los últimos años con sus respectivas esposas.
Lo que sí sé, es que Dios y la historia los pondrán en el lugar que merecen, y que finalmente llegará el día en que los chilenos les rindamos un justo homenaje y les pidamos perdón. Porque si de pedir perdón se trata, hay que ver que ellos se lo tienen más que merecido. No los que quisieron destruir Chile; menos aún, los que lo están destruyendo ahora.
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